Los judíos errantes de Hervás

Los judíos errantes de Hervás

Hervás es uno de esos lugares fronterizos que tanto me gustan por su mestizaje. Perteneció al ducado de Béjar (señorío de los Zúñiga) hasta 1816, y poco después pasa a ser una villa extremeña, aunque está más cerca de Salamanca (98 km) que de Cáceres (113 km).

El asentamiento se funda en la Edad Media en torno a la devoción a Santihervás (de ahí su topónimo) por parte de los templarios que, entre otros monumentos, nos dejan su antiguo castillo.

La Casa Ducal de Béjar se caracterizó por su tolerancia (en la villa convivieron las tres grandes culturas medievales) y por su mecenazgo (Cervantes dedica el Quijote al duque de Béjar, lo mismo que Góngora con las Soledades), así como su apoyo a la industria, sobre todo a la textil para aprovechar la lana de las ovejas, el agua y la madera de sus montes. Con el fin de fomentar su desarrollo el ducado trae a artesanos pañeros flamencos que en el XVIII crean una industria textil que continuó la burguesía con el liberalismo del XIX.

Aunque la capital de la industria textil estuvo en Béjar, también Hervás participó en esta actividad industrial, hasta su declive en la segunda mitad del siglo XX. En un principio es probable que a este fenómeno industrializador no fueran ajenos los judíos, más numerosos en la capital (Béjar) que en Hervás, en la que no se documenta su presencia nada más que a partir del XV, cuando huyen del ambiente antijudío que se extendía por la meseta o cuando ya habían sido expulsados por los Reyes Católicos, y van de paso para Portugal, como otros muchos. Por tanto, la estancia de las 45 familias judías documentadas en Hervás es muy limitada en el tiempo, lo que hace difícil que hayan levantado el barrio que lleva su nombre.

La construcción típica del llamado barrio judío es en realidad arquitectura popular de la sierra, que consiste en el uso de sillarejo, adobe y madera, con paredes protegidas por teja árabe, pero faltan los soportales en los que los comerciantes expondrían sus productos al resguardo de las inclemencias atmosféricas, el cementerio, los baños y falta la ubicación documentada de una sinagoga, imprescindible en su cultura.

La realidad es que Hervás tiene una parte humilde en su arquitectura situada en la cuesta que lleva al río Ambroz, y otra zona más noble, donde se asientan las iglesias y el castillo, en la parte llana, alta y soleada donde predomina la piedra labrada en las construcciones y la amplitud en sus calles. Es probable que las familias judías que pasaron por Hervás se instalasen transitoriamente en la zona más deprimida de la villa, y de ahí el nombre del barrio.

A unas conclusiones similares llega el escritor austriaco Erich Hackl, estudioso de la convivencia con los judíos en la época nacionalsocialista, que quedó intrigado por el arraigo tan significativo que dejaron los judíos en una villa periférica en lo económico, geográfico, político y social.

Aunque también pudiera ser que en el Romanticismo más idealizante y nostálgico, Maruxa, la legendaria judía errante por la Fuente Chuiquita y el bosque de castaño de La Chorrera, transmitiera por todas las esquinas nocturnas el dicho:

En Hervás, judíos los más.

 

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